Bases militares, memoria y manipulación: el retorno silencioso de los nombres confederados en EE.UU.

Una mirada crítica a la restauración controversial de nombres con vínculos confederados bajo el argumento de homenajear a otros soldados

En un movimiento que ha desatado controversia y división en círculos políticos, académicos y militares, el Departamento de Defensa de Estados Unidos, bajo la gestión del secretario Pete Hegseth, ha comenzado a revertir el cambio de nombres de múltiples bases militares que anteriormente honraban a figuras de la Confederación. Aunque se justifica el retorno a esos nombres aludiendo a soldados no confederados con los mismos apellidos, críticos aseguran que se trata de una argucia política para apelar al electorado más conservador y revertir avances simbólicos en diversidad, inclusión y memoria histórica.

El contexto histórico: ¿por qué importan los nombres?

Durante la Guerra Civil estadounidense (1861-1865), los Estados Confederados del Sur se rebelaron contra el gobierno federal con el propósito de preservar el sistema esclavista que les sostenía económica y socialmente. La Confederación perdió la guerra, pero no su presencia simbólica, que perduró en monumentos, banderas, celebraciones regionales e incluso nombres de bases militares.

Por décadas, bases clave del ejército de EE.UU. llevaron el nombre de militares confederados como Robert E. Lee y Braxton Bragg, muchos de los cuales no solo eran opositores del gobierno federal, sino que lucharon activamente por perpetuar la esclavitud. Esta contradicción evidente fue, durante mucho tiempo, ignorada o normalizada.

En 2023, y ante una oleada de demandas sociales tras el asesinato de George Floyd, el Pentágono autorizó el cambio de nombre de siete bases militares, como parte de un esfuerzo por alejar las instituciones públicas del pasado esclavista y racista del país. Esta medida fue saludada como un avance hacia una representación más justa de los valores democráticos, especialmente al elegir nuevos nombres que honraban a mujeres, afroamericanos o latinos que también habían servido con distinción.

El giro bajo Hegseth: una «diferencia sin distinción»

El giro comenzó bajo el mando de Pete Hegseth, nombrado Secretario de Defensa en la actual administración, y frecuente aliado de las políticas impulsadas por Donald Trump. Su estrategia ha sido técnicamente legal: en lugar de revivir exclusivamente nombres de líderes confederados, se han restaurado nombres de soldados que participaron en guerras posteriores pero que comparten apellido con dichos generales.

Por ejemplo, Fort Bragg en Carolina del Norte fue rebautizado temporalmente como Fort Liberty en 2023. Sin embargo, recientemente, el nombre "Bragg" fue nuevamente adjudicado, pero esta vez refiriéndose a Roland L. Bragg, un soldado de la Segunda Guerra Mundial. Este tipo de maniobra ha sido descrita por críticos como Jack Reed, senador y miembro del Comité de Servicios Armados, como una violación del "espíritu de la ley".

“Al invocar el nombre de un soldado de la Segunda Guerra Mundial con el mismo apellido, no se ha violado la letra de la ley, pero sí su propósito ético y político.” — Jack Reed, senador de Rhode Island

¿Una jugada política para contentar a la base conservadora?

Para muchos, estos cambios representan un retroceso disfrazado. Según Marc Morial, presidente de la National Urban League:

“Es una forma encubierta de mantener viva la memoria de figuras que defendieron la esclavitud. ¿Qué país honra a individuos que intentaron destruirlo desde dentro?” — Marc Morial

No es coincidencia que estas decisiones lleguen en un contexto político donde la llamada "guerra cultural" ha escalado. Algunos líderes estatales, como el gobernador republicano de Luisiana, Jeff Landry, han hecho declaraciones públicas acompañadas de imágenes (aparentemente generadas por AI) que ridiculizan el movimiento contra la herencia confederada, tachándola de «wokeism».

En palabras del propio Landry:

“En Luisiana, honramos el coraje, no lo cancelamos. Siempre deberíamos reverenciar la historia, no condenar o borrar tan fácilmente a los muertos.”

Renombrar no es gratis: los costos económicos y simbólicos

Cambiar el nombre de una base militar no es una tarea menor. Incluye actualizaciones en señalización, documentación, uniformes, logística y más. Según Stacy Rosenberg, profesora asociada en la Universidad Carnegie Mellon:

“Es dinero que podría gastarse en necesidades logísticas más urgentes. Además, parece claro que esta medida está orientada a consolidar una marca militar según la visión de una facción política, no necesariamente a honrar el servicio militar de individuos valiosos.”

La falta de transparencia acerca del costo real de estos cambios ha sido también motivo de preocupación. Aun así, para muchos opositores, lo más costoso es el mensaje simbólico que se envía al volver a asociar las instituciones militares con un pasado plagado de racismo e insurrección.

Una memoria a conveniencia

El cineasta y activista Raoul Peck, conocido por su documental I Am Not Your Negro (sobre James Baldwin), dijo en una entrevista reciente:

“La historia que este país elige recordar es una historia en la que héroes blancos salvan siempre la república. Todo lo demás, si amenaza ese relato, se barre o se disfraza.”

Lo que está ocurriendo con las bases militares encaja perfectamente en esa práctica. Mientras se utiliza el poder del Estado para revertir decisiones simbólicas progresistas, se enmascaran estas reversiónes bajo la apariencia de imparcialidad o «honra al mérito individual», ignorando por completo el contexto.

¿Qué mensaje se está dando a los soldados de hoy?

Una pregunta clave que muchos críticos repiten es: ¿qué representan hoy las fuerzas armadas de Estados Unidos? Si en 2023 se valoraba honrar a soldados afroamericanos, mujeres o pertenecientes a minorías como símbolo de la nación diversa que es EE.UU., ¿qué representa entonces la restauración de nombres asociados, incluso superficialmente, con figuras esclavistas?

Angela Betancourt, estratega de relaciones públicas y reservista de la Fuerza Aérea estadounidense, entiende la controversia, pero señala también otra arista:

“No porque el apellido coincida con alguien del pasado confederado se debe ignorar totalmente la contribución del nuevo homenajeado. Aun así, se debe ser claro y coherente con el propósito de estos homenajes.”

El problema, dice, no es nombrar bases por nuevos héroes, sino el oportunismo y ambigüedad que rodean estos cambios y cómo afectan los esfuerzos de inclusión y reconocimiento real dentro de la vida militar.

¿Qué sigue?

Este tema probablemente volverá a acaparar titulares en los meses previos a las elecciones presidenciales estadounidenses. Según analistas, la restauración de estos nombres podría convertirse en bandera de campaña para ambos lados del espectro político: para unos, representa "la defensa de la historia verdadera"; para otros, una regresión peligrosa disfrazada de neutralidad.

Lo cierto es que el debate sobre estas bases militares es más que una discusión toponímica. Es un espejo de los valores que la sociedad escoge resaltar, olvidar o tergiversar. Y, como bien advierte Morial:

“Los países tienen memoria. Y la memoria, como la historia, nunca es neutral.”
Este artículo fue redactado con información de Associated Press