El juego del comercio: ¿Realmente ganan los estadounidenses con los aranceles de Trump?
Mientras los aranceles universales sacuden la economía global, analizamos si el proteccionismo de Trump puede transformar la industria estadounidense o si costará caro al consumidor
Los nuevos aranceles implementados por el presidente Donald Trump representan un giro radical en la política comercial de Estados Unidos. Por décadas, la tendencia mundial ha sido reducir barreras, incrementar el libre comercio y promover cadenas de suministro globalizadas. El nuevo régimen tarifario amenaza con revertir ese modelo —y sus efectos ya están causando olas en múltiples industrias.
El regreso del proteccionismo
En abril de 2025, la administración Trump anunció una tarifa universal del 10% para todas las importaciones, además de aranceles más elevados para países con los que EE. UU. presenta un déficit comercial notorio, como China, Japón y la Unión Europea. Es un retorno agresivo al proteccionismo económico, una política que no se veía con esta intensidad desde principios del siglo XX.
Mary Lovely, economista del Instituto Peterson para la Economía Internacional, resumió el momento diciendo que: “El presidente acaba de anunciar la separación de facto de la economía estadounidense del resto del mundo.”
Consecuencias inmediatas: inflación y menor crecimiento
Tras el anuncio de estos aranceles, los analistas comenzaron a prever un escenario complejo para la economía estadounidense:
- La inflación podría superar el 4% este año, según Nationwide Financial, frente al 2,8% actual.
- El crecimiento económico sería mínimo, afectado por el encarecimiento de bienes importados y problemas en cadenas de suministro.
- El impacto directo en los consumidores sería notable: el Yale Budget Lab estima un costo adicional anual de $3,800 por hogar.
Estos efectos no sólo son teóricos. Familias, empresas y trabajadores ya comienzan a sentir el peso creciente de esta política.
Voces desde el terreno: entre la esperanza y la ansiedad
En diferentes puntos del país, las opiniones de los ciudadanos reflejan la polarización sobre los aranceles. En Oregon, Bob Lehmann, de 73 años, expresó su preocupación después de comprar un teclado: “Van a subir los precios y la gente va a pagar más por su vida diaria.”
Sin embargo, otros como Mathew Hall, contratista de pintura en Colorado, ven los aranceles como una medida positiva, aunque dolorosa: “En el largo plazo, será bueno. Estados Unidos ha sido aprovechado por mucho tiempo.”
En un curioso episodio frente a una tienda mezcladora de suministros agrícolas en Castle Rock, dos familiares —uno republicano, otro demócrata— discutían sobre el tema. Chris Theisen, pro-Trump, defendía que “el cambio será duro, pero necesario para recuperar empleos.” Su sobrino Nayen Shakya replicaba que los precios ya estaban subiendo en su restaurante, especialmente en ingredientes como arroz. “La carga ya está en el consumidor.”
Impacto en la industria automotriz: el caso Stellantis
Quizás uno de los sectores más afectados por los aranceles es el automotriz. Una de las primeras empresas en reaccionar fue Stellantis, conglomerado que incluye marcas como Jeep, Ram y Citroën. La compañía suspendió temporalmente la producción en sus plantas de Windsor, Canadá, y Toluca, México, a partir del 7 de abril, afectando a cientos de trabajadores estadounidenses en fábricas complementarias.
Antonio Filosa, COO de Norteamérica, dijo en un comunicado interno: “Estas acciones son necesarias dadas las dinámicas actuales del mercado”. Confirmó que siguen evaluando la situación para evitar impactos mayores.
Este ajuste tiene importantes implicaciones económicas y políticas. Más allá del impacto directo en la producción y el empleo, crece el miedo a una guerra comercial escalonada. Canadá ya anunció aranceles espejo a los automóviles estadounidenses, intensificando las tensiones.
¿Puede funcionar esta estrategia?
En teoría, el objetivo de los aranceles es doble:
- Obligar a otros países a abrir más sus mercados a productos de EE. UU.
- Forzar a empresas extranjeras y estadounidenses a relocalizar sus fábricas dentro de EE. UU.
Sin embargo, hay dudas sobre si esta estrategia realmente funcionará. La historia no favorece al proteccionismo. Muchos recuerdan con inquietud la Ley Smoot-Hawley de 1930, que elevó los aranceles significativamente, generando represalias y contribuyendo a la Gran Depresión. De hecho, el nivel de aranceles promedio podría acercarse al 25% cuando todas las medidas estén implementadas el 9 de abril, el más alto desde hace más de un siglo.
Además, muchos economistas advierten que los consumidores acaban absorbiendo la mayor parte del impacto. “Los aranceles no son pagados por los países extranjeros, sino por tu vecino en el supermercado o en el concesionario de coches”, explica el profesor de economía Douglas Irwin, autor de ‘Clashing over Commerce’.
Más allá de los titulares: ¿relocalización o coste desmedido?
Una de las principales apuestas de la administración Trump es la repatriación industrial. Un mensaje reiterado por el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien dijo en CNBC: “Espero que la mayoría de los países empiecen a revisar su política comercial hacia EE. UU. y dejen de aprovecharse de nosotros.”
Pero relocalizar la producción tiene costes enormes. No sólo implica infraestructura y tecnología, sino también trabajadores capacitados y tiempos largos de adaptación. Mientras tanto, se dan síntomas de disrupción económica inmediata, como despidos temporales, inflación y malestar social.
El lado político: ¿podrán sostener los aranceles ante las encuestas?
Un riesgo significativo para Trump es cómo reaccionará el electorado. Si las consecuencias se sienten en los bolsillos de las familias antes de que lleguen los beneficios prometidos, el costo político podría ser altísimo.
La paradoja electoral es clara: políticas impopulares en el corto plazo requieren tiempo para mostrar beneficios a largo plazo. Pero las elecciones son inminentes, y los ciudadanos evaluarán los resultados con base en su economía familiar, no en proyecciones futuristas.
Los votantes indecisos, especialmente en estados manufactureros y rurales, podrían definir si la estrategia comercial de Trump se consolida o si se convierte en un experimento fallido del populismo económico.
¿Nacionalismo económico o coste innecesario?
La apuesta de Trump está alineada con un resurgir del nacionalismo económico: producir en casa, reducir dependencia extranjera e imprimir una idea de autosuficiencia. Muchos simpatizantes ven en esto un cambio necesario tras décadas de desindustrialización.
No obstante, la realidad del mundo globalizado significa que ninguna nación puede prosperar de forma aislada. Los componentes de un solo vehículo pueden venir de diez países; los ingredientes de una hamburguesa, de al menos cinco. Los vínculos creados en décadas no se rompen sin efectos colaterales.
Así, mientras se debate si EE. UU. está cumpliendo con su promesa de “volver a ser grande”, muchos ciudadanos lo están pagando con sus bolsillos.
El debate continúa: ¿volverá la producción nacional o prevalecerá el aumento del costo de vida?