Trump, los aranceles recíprocos y el regreso de la guerra comercial: ¿medida proteccionista o estrategia peligrosa?
Análisis de las nuevas tarifas impuestas por Trump, las reacciones globales y el impacto potencial en la economía mundial y los consumidores estadounidenses
Un viejo enemigo regresa: la guerra comercial
Donald Trump ha vuelto al escenario político con una promesa que marcó su primera presidencia: los aranceles recíprocos. Esta vez, desde el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, anunció una tarifa base del 10% a todas las importaciones que ingresen a Estados Unidos y aranceles adicionales de hasta el 49% para países con superávit comercial con EE.UU.
“Recíproco significa: ellos lo hacen con nosotros, y nosotros con ellos”, dijo Trump. Esta medida, considerada por sus partidarios como correctiva, busca reducir lo que él denomina un abuso sistémico de parte de otras naciones, especialmente potencias industriales como China, la Unión Europea y la India.
¿Qué son los aranceles recíprocos?
Los aranceles recíprocos buscan emparejar el terreno comercial. Bajo esta política, si un país cobra un arancel del 20% sobre productos estadounidenses, EE.UU. responderá con el mismo porcentaje sobre las importaciones de ese país. Suena equilibrado, pero en la práctica implica un aumento significativo de impuestos sobre importaciones, lo que inevitablemente se traduce en precios más altos para los consumidores estadounidenses.
Un artículo del Tax Policy Center alerta que los consumidores podrían comenzar a ver aumentos en precios dentro de apenas uno o dos meses tras la implementación de estas nuevas tasas, especialmente en productos frescos como frutas importadas o artículos manufacturados de Europa.
El efecto inmediato: ¿impacto sobre la inflación?
Estados Unidos ha vivido la mayor ola inflacionaria en 40 años tras la pandemia, y los economistas temen que estas medidas actúen como combustible adicional en la hoguera de precios. Aunque algunos exportadores pueden reducir sus precios para absorber parte del impacto, muchos otros trasladarán el costo al consumidor final.
Un ejemplo claro se vivió en 2018, cuando Trump impuso aranceles sobre las lavadoras. Un estudio del centro Brookings mostró que los precios no solo aumentaron en lavadoras sino también en secadoras, que no estaban sujetas al arancel. Las empresas utilizaron la crisis arancelaria como justificación para subir precios de manera generalizada.
Una promesa electoral con un trasfondo fiscal
Trump también busca con estos aranceles compensar una pérdida significativa en ingresos fiscales proyectada por la extensión de los recortes impositivos de 2017, cuya fecha de expiración es 2025. El Tax Foundation estima que continuar con estos recortes reduciría la recaudación federal en 4.5 billones de dólares entre 2025 y 2034.
Estos nuevos ingresos por aranceles —que el año pasado sumaron 80 mil millones de dólares— serían utilizados como sustento para mantener las rebajas fiscales, aunque como ha señalado el mismo think tank, los beneficiarios principales serían los hogares de ingresos altos.
Reacciones internacionales: precaución, pero no complacencia
La respuesta de la comunidad internacional ha sido, por ahora, medida pero firme. El Reino Unido reafirmó su alianza estratégica con EE.UU., pero expresó su esperanza de alcanzar acuerdos para mitigar los impactos. Italia, por su parte, criticó abiertamente los nuevos aranceles a la Unión Europea.
"No benefician a nadie", declaró la primera ministra Giorgia Meloni, quien insistió en que una guerra comercial debilitaría a Occidente frente a actores como China. Chile y México, grandes exportadores de bienes agrícolas y manufacturados a EE.UU., fueron más cautelosos, aunque recordaron que sus economías quedarían blindadas gracias a acuerdos como el T-MEC.
¿Qué tan real es la amenaza de una guerra comercial global?
La historia reciente entre EE.UU. y China ofrece una lección sobria. Durante la primera presidencia de Trump, se impusieron cientos de miles de millones de dólares en aranceles entre ambas potencias. El resultado fue una significativa desaceleración del comercio global. De hecho, el Fondo Monetario Internacional estimó en 2019 que estas tensiones comerciales redujeron el PIB global en 0.8%.
“Una guerra comercial es como dispararse en el pie… con una bazuca”, advirtió Paul Krugman, premio Nobel de Economía. Aunque en el corto plazo puede parecer una defensa legítima a las industrias locales, los efectos de largo plazo tienden a ser negativos: mayor inflación, reducción del poder adquisitivo del consumidor e inestabilidad financiera.
¿Hasta dónde puede llegar el presidente con los aranceles?
La Constitución otorga al Congreso la autoridad para establecer impuestos y tarifas. Sin embargo, múltiples leyes han transferido esta capacidad al poder ejecutivo bajo ciertas condiciones. Trump ha aprovechado disposiciones como la Sección 232 del Trade Expansion Act y el International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) para imponer aranceles sin necesidad de votación del Congreso.
Senadores como Tim Kaine han propuesto revocar estas prerrogativas, pero las iniciativas enfrentan obstáculos legislativos y podrían quedar estancadas en la Cámara de Representantes.
¿Estados Unidos ha sido siempre el “buen samaritano” del comercio?
Contrario a la imagen promovida por Trump de un país constantemente explotado, los aranceles actuales estadounidenses son relativamente bajos: una media ponderada de 2.2% en comparación con el 3% de China, 2.7% de la Unión Europea y un enorme 12% en el caso de India, según datos de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
En productos agrícolas, EE.UU. cobra una media de 4%, mientras que India eleva sus tarifas hasta un enorme 65%. Es cierto que el terreno no es completamente equitativo, pero gran parte de estas condiciones fueron negociadas en el Uruguay Round de 1986 a 1994, en el que participaron 123 países y del que se derivó la propia existencia de la OMC.
¿Renacimiento industrial o espejismo económico?
Trump ha destacado que su política traerá de vuelta “trabajos y fábricas”. Si bien es cierto que los puestos industriales han disminuido en EE.UU. —el número de empleos manufactureros cayó de 17 millones en 2000 a 12 millones en 2023—, devolver la producción nacional a niveles anteriores es una tarea colosal. La automatización y la globalización ya han dejado su huella irreversible.
Según la OMC, el 70% de los costos de producción manufacturera en países como China provienen de insumos importados. Las cadenas de suministro modernas están tan entrelazadas que romperlas podría significar disrupciones severas, más aún si no se consideran los costos energéticos, laborales o de infraestructura en Estados Unidos.
El dilema político: proteger empleo o al consumidor
Una de las mayores tensiones internas en EE.UU. será ver cómo se alinea el votante. El trabajador industrial puede verse beneficiado a corto plazo por políticas de protección, mientras que el consumidor promedio sufrirá aumentos en el costo de vida. La clase media, cuyo presupuesto ya está golpeado por la inflación causada por la pandemia y la guerra en Ucrania, podría resentir aún más su bolsillo.
Una encuesta del Pew Research Center reveló que el 64% de los estadounidenses preferiría mayores salarios a costa de productos más caros, pero solo el 38% apoyaría que EE.UU. impusiera altos aranceles incluso si eso significara elevar los precios al consumidor.
Europa y la disyuntiva de responder o ceder
Analistas como Matteo Villa del Institute for International Political Studies en Italia señalan que la Unión Europea podría optar por responder con fuerza para evitar erosionar su credibilidad internacional. Pero el riesgo está claro: Estados Unidos exporta menos a la UE que lo que la UE exporta a EE.UU. Una respuesta arancelaria podría golpear más duramente al bloque europeo que al país norteamericano.
Sin embargo, una falta de respuesta contundente podría interpretarse como debilidad, lo que podría alentar a Trump a aplicar nuevas restricciones.
Navegar el nuevo mundo del comercio
Como el presidente chileno Gabriel Boric señaló en un foro económico en India, estas medidas ponen en jaque no sólo acuerdos comerciales existentes, sino también “las reglas mutuamente acordadas” que rigen las relaciones internacionales desde hace décadas.
En un mundo multipolar, donde China, India y otras economías emergentes ganan terreno, volver a un proteccionismo extremo puede desdibujar el rol de Estados Unidos como líder del orden económico global.
En última instancia, la pregunta no es si pueden imponerse los aranceles, sino si el precio político, económico y diplomático será sostenible.