Head Start en peligro: El futuro incierto de la educación preescolar para familias vulnerables
Recortes, suspensiones y caos administrativo amenazan el programa que por más de medio siglo ha sido un pilar en la lucha contra la pobreza infantil en EE. UU.
Por décadas, el programa Head Start ha representado una esperanza para más de medio millón de niños de bajos recursos en Estados Unidos, ofreciendo educación preescolar, servicios de salud y apoyo familiar a comunidades que más lo necesitan. Pero bajo la administración de Donald Trump, el programa ha enfrentado un ataque indirecto: recortes silenciosos, congelaciones de fondos y despidos que desconciertan a los operadores educativos y ponen a millones en riesgo.
Un programa con raíces profundas en la historia estadounidense
Head Start fue creado en 1965 como parte de la “Guerra contra la pobreza” iniciada por el presidente Lyndon B. Johnson. Su objetivo principal era equipar a los niños de familias desfavorecidas con habilidades cognitivas, emocionales y sociales antes de ingresar al sistema escolar público. Desde entonces, ha sido valorado como uno de los esfuerzos federales más importantes en la promoción del bienestar infantil y la equidad educativa.
Actualmente, Head Start atiende a más de 800,000 niños y sus familias en los 50 estados, Puerto Rico y otros territorios, y ha contado con apoyo bipartidista… hasta ahora.
Trump y Project 2025: un movimiento hacia la eliminación del programa
Los problemas para Head Start se intensificaron poco después de que Donald Trump asumiera la presidencia en 2017. Apenas iniciada su administración, se anunció la congelación de subvenciones federales, el principal método de financiamiento para los centros de Head Start. Aunque el congelamiento se abortó días después, dejó una señal clara de las prioridades presupuestarias del nuevo gobierno.
El plan Project 2025, promovido por la ultraconservadora Heritage Foundation, propone una reconfiguración total del aparato federal y plantea explícitamente eliminar Head Start. Aunque no se promulgue formalmente su cierre, expertos temen que el desmantelamiento ocurra por otras vías: desfinanciación, eliminación de recursos humanos clave y caos administrativo.
“Puedes acabar con los programas simplemente eliminando una parte significativa de su fuerza laboral”, dice Joel Ryan, director ejecutivo de la Asociación de Head Start del Estado de Washington.
Congelamiento de fondos: el caos en tiempo real
Durante un congreso anual de líderes de Head Start en enero, muchos se enteraron súbitamente que no podían acceder al sistema de pagos federales. El caos fue inmediato. En cuestión de horas, múltiples centros en Michigan, Nueva York y Wisconsin cerraron sus puertas. Docenas de empleados fueron despedidos temporalmente y más de un centenar de familias se quedaron sin acceso a guarderías y servicios esenciales.
En el condado de Waukesha, Wisconsin, los programas cerraron durante una semana, obligando a padres trabajadores a faltar a sus empleos, arriesgando ingresos y estabilidad económica. En Nueva York, 84 empleados fueron despedidos temporalmente y 200 niños se quedaron sin atención. Aunque los fondos eventualmente se habilitaron, el temor quedó latente.
“Eso significaba que todas las familias no tendrían dónde dejar a sus hijos”, explicó Kahli Lorenz, madre afectada por el cierre.
Recortes invisibles: el desmantelamiento administrativo
En marzo, más malas noticias: decenas de empleados federales encargados de gestionar Head Start a nivel regional fueron suspendidos o despedidos. Al menos cinco de las 12 oficinas regionales dejaron de operar. Esto significa que los operadores locales ya no tienen con quién comunicarse para asuntos tan básicos como autorizar la compra de un refrigerador para una cocina infantil o la reparación de una cerca de seguridad.
El Departamento de Salud y Servicios Humanos, liderado brevemente por el Secretario Robert F. Kennedy Jr., no ha ofrecido respuestas claras. Mientras, los formularios de subvención siguen sin procesarse y algunos centros corren el riesgo de suspender operaciones si no reciben aprobación inmediata de sus solicitudes.
El impacto económico de Head Start
Más allá de su valor educativo, Head Start tiene un impacto económico profundo. Según datos del programa, por cada dólar invertido en Head Start, se ahorran entre $7 y $9 en gastos sociales futuros relacionados con salud, pobreza, prisiones y subsidios estatales.
- Genera empleos: en estados como Indiana, es el 78º empleador más grande con casi 4,000 empleados.
- Facilita el acceso al trabajo y la educación para padres: muchos responsables de familia solo pueden conservar sus empleos o estudios gracias al cuidado infantil que ofrece Head Start.
- Mejora la preparación escolar: Estudios de largo plazo demuestran que los niños que participan en Head Start están más preparados para la escuela primaria, tienen mejores tasas de graduación y menor tasa de encarcelamiento al llegar a la adultez.
Peligro de politización
Uno de los mayores temores compartidos entre educadores, padres y legisladores es que Head Start se convierta en una víctima de la polarización política. Aunque históricamente ha sido un programa con apoyo de ambos partidos, recientes pasos de la administración Trump sugieren otra intención.
“Una familia republicana, una familia demócrata o incluso libertaria puede necesitar Head Start”, dijo Rhett Cecil, director de la Asociación Head Start de Indiana. “No quiero que este programa se convierta en una pelota política.”
La fragilidad administrativa también hace más difícil que el Congreso intervenga a tiempo. Sin interlocutores federales, los gobiernos estatales y locales operan a ciegas. Organizaciones como la National Head Start Association están pidiendo que la administración Biden actual garantice oficialmente el financiamiento del programa a largo plazo para evitar crisis similares en el futuro.
¿Un futuro oscuro para los más vulnerables?
Los defensores de Head Start alertan que una serie de pequeños cambios burocráticos puede tener efectos devastadores. Si los formularios no se procesan, si los centros no pueden pagar a sus empleados o adquirir materiales básicos, y si no hay personal federal para responder consultas, la infraestructura del programa comienza a derrumbarse.
En áreas rurales, donde no hay alternativas adecuadas de cuidado infantil, la desaparición parcial de Head Start implica un golpe irrecuperable para cientos de familias. Niños que no asisten al preescolar tienen menos oportunidades de éxito académico, y madres que trabajan por salarios mínimos se ven obligadas a abandonar sus puestos para cuidar a sus hijos.
La retórica política sobre “eficiencia del gasto público” ignora el costo humano. Los legisladores deben considerar no solo cuánto cuesta conservar Head Start, sino cuánto costaría perderlo. En una época polarizada, apostar por la infancia sigue siendo una de las pocas decisiones que une a la sociedad. Abandonar Head Start podría ser uno de los errores más costosos —y crueles— de la política estadounidense contemporánea.