La fe como refugio: la iglesia Notre Dame d’Haïti y la diáspora haitiana en busca de esperanza
Mientras Haití se hunde en el caos, una iglesia en Miami se convierte en faro espiritual, cultural y social para cientos de miles de haitianos
Por las noches de Cuaresma, en el corazón de “Little Haiti” en Miami, los cánticos en creol se entremezclan con los rezos, las lágrimas y los bailes en la iglesia Notre Dame d’Haïti. No se trata solo de una misa, sino de la síntesis de un pueblo en exilio que no ha perdido la fe, incluso cuando lo ha perdido casi todo.
Una iglesia que late con el alma de Haití
Fundada hace casi medio siglo, Notre Dame d’Haïti no es una parroquia más. Es el pilar espiritual y comunitario de los más de 500,000 haitianos que residen en Florida, especialmente en el área metropolitana de Miami. Bajo la guía del reverendo Reginald Jean-Mary, la parroquia ha sido testigo de oleadas migratorias motivadas por dictaduras, desastres naturales y, más recientemente, por el colapso del Estado haitiano en manos de bandas criminales.
“Acompañamos a los migrantes haitianos a integrarse a la vida en EE. UU.”, afirma el padre Jean-Mary, consciente de que en las últimas décadas esta iglesia ha sido mucho más que un templo: es escuela, albergue, refugio emocional y centro de activismo social.
Bajo la sombra de la violencia
La situación en Haití es catastrófica. Según un informe de la ONU de marzo de 2024, más de un millón de personas han sido desplazadas internamente en el país debido a la violencia de las bandas armadas, especialmente en la capital, Puerto Príncipe. Solo en un mes, 60,000 personas huyeron de sus hogares.
Ante este panorama, el éxodo haitiano ha aumentado. Desde finales de 2022, más de 200,000 haitianos han entrado a Estados Unidos bajo un programa de “parole humanitario” implementado por el gobierno de Joe Biden. No obstante, esta protección será cancelada a finales de abril de 2024 por el Departamento de Seguridad Nacional, provocando una nueva ola de angustia.
Sandina Jean, una solicitante de asilo que escapó de Haití en 2023, resume el sentimiento colectivo: “Haití está peor. No tenemos a dónde regresar. Orar y venir a misa te ayuda a seguir adelante.”
Fe y resistencia en tiempos de incertidumbre
El reciente avivamiento de Cuaresma en Notre Dame fue una celebración de comunión, resistencia espiritual y esperanza. Durante la misa de cierre, más de mil feligreses llenaron la iglesia hasta la madrugada. Todo comenzó con una fila para ser bendecidos con agua bendita por un sacerdote haitiano, seguida de una adoración eucarística y una misa de más de cuatro horas donde símbolos bíblicos se representaron de forma teatral y comunitaria.
*“Nadie puede cerrar una puerta que Dios ha abierto (‘Bondye’, en creol)”* fue el lema del avivamiento, inspirado en la historia del Éxodo. El momento más emotivo ocurrió durante la representación del cruce del mar Rojo: sacerdotes celebrantes bailaban mientras los feligreses, de pie, cantaban emocionados como si la libertad estuviera a un paso.
Generaciones unidas por la espiritualidad
El impacto de Notre Dame d’Haïti no se limita a quienes llegaron hace 20 o 30 años. Las nuevas generaciones, incluyendo niños nacidos en EE. UU. y recién llegados haitianos, participan activamente en la vida de la parroquia. Un grupo juvenil de “mimers” —una tradición haitiana que mezcla danza y expresión espiritual— encabezó la procesión de entrada a la misa, vestidos con trajes blancos brillantes y detalles rosados.
“Lo que la iglesia ofrece es más que espiritualidad, es pertenencia. Ayudamos a los jóvenes a formar parte de una comunidad activa, no solo en la fe, sino también en lo social”, explica Asencia Selmon, coordinadora del grupo.
Una red de apoyo social
La parroquia cuenta con el Pierre Toussaint Leadership and Learning Center, dirigido por Jean Suffrant, que provee servicios esenciales como:
- Guarderías gratuitas
- Clases de inglés y computación
- Entrenamiento laboral
- Asesoría legal para inmigrantes
En palabras de Suffrant: “Nunca ha sido tan grave la situación para los haitianos en Estados Unidos y Haití como ahora”. Recientemente, una sesión de asesoría migratoria organizada por los Servicios Legales Católicos terminó a la 1 a. m., incapaz de atender a todos los asistentes que buscaban orientación para renovar permisos de trabajo o evitar la deportación.
La política estadounidense y sus consecuencias
Mientras los fieles luchan por cancelar citas con el miedo de ser deportados, la política estadounidense respecto a Haití continúa oscilando. A inicios de 2024, el gobierno anunció que en agosto finalizará el estatus de protección temporal (TPS) que ampara a casi medio millón de haitianos. Aunque Biden lo renovó anteriormente, la decisión reciente genera indignación entre defensores de los derechos de los migrantes.
Paradójicamente, algunos miembros antiguos de la parroquia han votado por Donald Trump, valorando su enfoque más restrictivo hacia la inmigración. Esta división refleja tensiones dentro de la misma comunidad, entre los recién llegados necesitados y los establecidos que sienten que los recursos se ven comprometidos.
El miedo no eclipsa la solidaridad
Octavius Aime, voluntario de la iglesia por más de 40 años, observa con angustia cómo los nuevos inmigrantes viven con el temor de perder sus permisos de trabajo, cuya expiración podría significar el fin de sus sueños y, en muchos casos, la ruina de sus familias en Haití, dependientes de sus remesas.
“Estamos sufriendo”, dice Aime. “Estamos tan preocupados que no sabemos qué hacer.”
A pesar del miedo, muchos se esfuerzan por ayudar a los más necesitados. Las redes de apoyo mutuo y las oraciones compartidas son un salvavidas para miles que, como Kettelene Fevrier —quien llegó a EE. UU. hace dos años—, ven en Notre Dame no solo una iglesia, sino un hogar espiritual donde puede cantar, bailar y pedir a Dios guía y protección para su futuro incierto.
Un espacio de fe para los invisibles
Los pasillos y explanadas de la iglesia solían llenarse con cientos de personas durante los servicios. Hoy, la asistencia ha disminuido, no por falta de fe, sino por miedo. Muchos inmigrantes evitan ser vistos en público, temiendo que las autoridades migratorias los detengan. Aun así, como dice Sandra Monestime, feligresa desde hace más de 40 años, “aquí somos familia, y la familia encuentra formas de sobrevivir”.
Helene Auguste, otra parroquiana, reza todos los días por su hermano, maestro en Puerto Príncipe, temiendo que cualquier llamada pueda traer una noticia fatal. “Ya no se puede hablar con gente, solo con Dios”, dice entre lágrimas.
Orar, cantar y bailar como acto de resistencia
El cierre del avivamiento fue el reflejo perfecto de cómo la espiritualidad puede recargar las almas rotas. “Si quieres una fe más fuerte, un energizante, ven aquí”, proclama Suzie Aristide, una de las ujieres.
En tiempos de crisis, Notre Dame d’Haïti no se rinde. Mientras el mundo se cierra a los haitianos, esta pequeña iglesia en Miami sigue abriendo puertas: de ayuda, de esperanza y sobre todo, de fe. Un lugar donde los cuerpos cansados y las almas desgarradas encuentran consuelo en los himnos creoles y la certeza de que, al menos aquí, todavía hay abrigo bajo el manto del buen Dios: Bondye.