¿Antisemitismo, política o poder? El oscuro trasfondo de la guerra contra las universidades en EE.UU.

La suspensión de fondos federales a instituciones como Princeton y la retórica en torno al antisemitismo revelan una ofensiva política de alto voltaje contra la educación superior

Por estos días, una tormenta política recae sobre algunas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. La Universidad de Princeton se ha convertido en el más reciente blanco de la administración de Donald Trump, uniéndose a la lista de instituciones acosadas por la amenaza de retirar millones en fondos federales. La excusa es la lucha contra el antisemitismo, pero la historia, como casi siempre, es más compleja.

Una ofensiva que va más allá del antisemitismo

La Universidad de Princeton ha recibido notificaciones de suspensión de varias docenas de subvenciones federales, provenientes de agencias tan influyentes como el Departamento de Energía, la NASA e incluso el Departamento de Defensa. En un comunicado enviado al campus, el presidente de la universidad, Christopher Eisgruber, afirmó desconocer completamente los motivos detrás de la suspensión, aunque se comprometió a colaborar con las autoridades:

"Estamos comprometidos en combatir el antisemitismo y toda forma de discriminación, y cooperaremos con el gobierno en esta lucha. Sin embargo, defenderemos con firmeza la libertad académica y el debido proceso".

¿A qué responde entonces esta ofensiva? No es un caso aislado. En semanas anteriores, Columbia University tuvo que cumplir varias exigencias del gobierno federal tras la retirada de 400 millones de dólares y amenazas por miles de millones más. Mientras tanto, Harvard está siendo objeto de una “revisión exhaustiva” de cerca de 9.000 millones de dólares en subvenciones y contratos federales.

¿Una cruzada antisistema o censura política?

A simple vista, podría parecer una respuesta firme y legítima ante actos de antisemitismo dentro de los campus, donde han surgido acaloradas protestas propalestinas tras el conflicto en Gaza. Sin embargo, más de 100 universidades están bajo estas investigaciones federales sin que se hayan dado detalles claros sobre incidentes concretos.

El creciente uso de herramientas financieras para presionar a las instituciones no solo ha alarmado a la comunidad académica, sino también a defensores de la libertad de expresión. Muchos ven en estas acciones una vendetta política contra entes que históricamente han promovido el pensamiento progresista, la crítica social y la diversidad cultural.

Además, el repentino interés del gobierno en fiscalizar el antisemitismo en universidades como Harvard, Columbia y Princeton parece coincidir con el ciclo electoral—y con un discurso cada vez más autoritario. Esto ha generado acusaciones de manipulación política del dolor del pueblo judío para cargar contra espacios tradicionalmente liberales y autónomos.

Presión desde los extremos: tensiones internas y externas en la política estadounidense

Mientras las universidades enfrentan amenazas externas, la disputa también se intensifica en los pasillos del Congreso. El senador demócrata Ruben Gallego, exmarine y firme defensor de los veteranos, anunció que bloqueará la confirmación de varios cargos clave en el Departamento de Asuntos de Veteranos (VA). El motivo: los planes del gobierno para recortar más de 80.000 empleos en el VA, incluso cuando nuevas leyes exigen más servicios para los veteranos afectados por toxinas u otros factores.

Este bloqueo, aunque inusual, se utiliza como una forma de protesta ante el presunto desprecio de la administración por los problemas reales del sistema de salud para veteranos. Gallego justificó su decisión con fuerza:

"Como alguien que ha usado el sistema de salud del VA, sé que no pueden recortar el 15% del personal sin que esto afecte directamente a los beneficios que reciben nuestros veteranos".

En paralelo, los portavoces del VA recuerdan que la agencia fue incluida en la lista de alto riesgo por la Oficina de Responsabilidad Gubernamental (GAO) debido a problemas sistémicos con la seguridad del paciente, la contratación de personal clave e infraestructura deficiente. Más allá de la ideología, las dos partes tienen argumentos válidos, pero la disputa es clara.

Una tragedia militar en medio de las tensiones políticas

Como telón de fondo de toda esta agitación, esta semana llegó una noticia devastadora: la muerte de cuatro soldados estadounidenses en Lituania. Los miembros del 1er Equipo Blindado de Combate de la 3ª División de Infantería estaban en un ejercicio táctico cuando desaparecieron junto con su vehículo blindado M88 Hercules, de 63 toneladas.

Luego de una intensa búsqueda entre pantanos y bosques, los cuerpos fueron recuperados con la cooperación de fuerzas lituanas, polacas y estadounidenses. El general Christopher Norrie expresó el pesar de toda la división:

"Este ha sido un dolor inimaginable. El mundo es más oscuro sin ellos."

Esta tragedia recuerda que, más allá del escenario político, las fuerzas armadas siguen cumpliendo misiones peligrosas en el exterior, muchas veces sin la atención mediática que merecen.

¿Qué hay en juego realmente?

Estados Unidos es uno de los países donde las universidades dependen fuertemente de fondos federales. Se estima que más del 60% de los ingresos de universidades como Princeton proviene de subvenciones y contratos gubernamentales, principalmente para investigación científica y tecnológica. Pero esos recursos se han convertido en herramientas de castigo político.

Además, en un contexto de crisis social por los conflictos en Medio Oriente, muchos sectores políticos están canalizando temores justificados —como el antisemitismo o la islamofobia— hacia fines políticos. Para algunos, esto podría suponer un intento velado por controlar el contenido académico, restringir el disenso y silenciar voces incómodas.

Organizaciones en defensa de la libertad académica han alzado la voz frente a esta ola represiva. La American Association of University Professors (AAUP) emitió recientemente una alerta en la que advierte sobre una “reconfiguración ideológica de la educación superior bajo la apariencia de vigilancia contra el odio”.

¿Un laboratorio para el 2024?

De cara a las elecciones presidenciales de noviembre, muchos analistas interpretan estas medidas como parte de una estrategia electoral dirigida a la base más conservadora del exmandatario Trump. Universidades como Harvard o Princeton son habitualmente mencionadas como cúspides de la élite liberal, y servirían como blanco ideal para demonizar a los “intelectuales de izquierda”.

El senador Tom Cotton, uno de los más fervientes aliados del expresidente, declaró recientemente en FOX News:

"No debemos dar un solo dólar a instituciones que promueven el odio o el antisemitismo en sus campus. Es tiempo de ponerles un alto".

Sin embargo, no se ha proporcionado evidencia suficiente que vincule de forma sistemática a estas universidades con incidentes de antisemitismo. La mayoría de las protestas han sido manifestaciones propalestinas convocadas por estudiantes, muchas veces amparadas por el derecho a la libre expresión.

Entre el miedo y la pedagogía

La lucha contra el antisemitismo es fundamental, pero usar esa causa como herramienta de represión política puede representar un retroceso democrático. El debate sobre Israel y Palestina es increíblemente complejo y emocional, pero censurar la crítica o promover listas negras académicas solo socava el clima de libertad universitaria que caracteriza a las democracias maduras.

El contexto actual exige prudencia, diálogo y responsabilidad institucional. Como dijo el propio presidente de Princeton:

"Nuestro deber es doble: proteger a nuestros estudiantes y profesores del odio y, al mismo tiempo, garantizar que la universidad siga siendo un espacio para el pensamiento crítico y el intercambio de ideas".

La respuesta gubernamental, sin embargo, parece alejada de esa visión. Y lo peor es que los efectos pueden extenderse a toda la investigación científica de vanguardia, desde exploración espacial con la NASA hasta programas de defensa o desarrollo energético.

¿Puede un país liderar el mundo en innovación mientras amenaza a sus propios centros de conocimiento con represalias económicas? Para muchos académicos, la respuesta es rotundamente negativa.

El futuro de la educación superior en EE.UU., y su relación con la política nacional, se está reconfigurando a velocidades alarmantes. La batalla ya no es solo por la financiación; es por el alma misma del conocimiento libre.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press