Ramadán sangriento: el mes más violento en Pakistán en una década
Un récord de ataques militantes durante el mes sagrado pone en jaque la seguridad y la estabilidad política de Pakistán
Pakistán vivió un Ramadán marcado por la violencia, el más sangriento en los últimos diez años. Según datos revelados por dos centros de estudios independientes, el número de ataques militantes durante el mes sagrado del islam se disparó alarmantemente, evidenciando una grave escalada del conflicto interno que azota al país.
Un aumento alarmante: de 26 a 84 ataques en un año
El Pak Institute for Peace Studies (PIPS) informó que se registraron al menos 84 atentados durante el Ramadán de 2024, frente a los 26 ataques constatados durante el mismo periodo del año anterior. Esta cifra representa un incremento de más del 220%, lo que convierte a este Ramadán en el más violento de la última década en Pakistán.
Por su parte, el Pakistan Institute for Conflict and Security Studies (PICSS) indicó que, sólo entre el 2 y el 20 de marzo, se registraron 61 ataques. Además, advirtió que 56 miembros de las fuerzas de seguridad fueron asesinados en ese lapso, convirtiéndose en el Ramadán más mortífero para el personal de seguridad desde al menos 2014.
¿Qué factores están detrás del aumento de violencia?
Varios factores se entrecruzan para explicar este trágico repunte:
- Fin del alto al fuego: El grupo militante Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), conocido como los talibanes paquistaníes, rompió unilateralmente su alto al fuego con el gobierno pakistaní en noviembre de 2022, tras un acuerdo frágil mediado por los talibanes afganos.
- Mejora operativa de grupos separatistas: La Fuerza de Liberación de Baluchistán (BLA, por sus siglas en inglés) ha refinado sus tácticas y capacidades, logrando operaciones más sofisticadas y mortales. Entre ellas, el secuestro y ataque a un tren en Balochistán el 11 de marzo, que dejó al menos 25 muertos.
- Unidad entre facciones extremistas: Según Abdullah Khan, director del PICSS, se ha producido una “unificación de diferentes grupos”, como la colaboración entre facciones separatistas baluchas y nuevos actores como la más reciente reactivación del grupo proscrito Lashkar-e-Islam.
La amenaza del noroeste: el resurgimiento de Hafiz Gul Bahadur
En las áreas del noroeste de Pakistán, especialmente en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, se ha observado un preocupante resurgimiento de grupos que rivalizan y a veces superan en letalidad al propio TTP. "En algunas zonas, la facción de Hafiz Gul Bahadur es incluso más letal que los talibanes paquistaníes", advirtió Khan. Este grupo ha protagonizado ataques en áreas fronterizas con Afganistán, donde históricamente ha operado con relativa impunidad.
El factor afgano: ¿refugio seguro para los militantes?
Desde que los talibanes regresaron al poder en Afganistán en agosto de 2021, tras la retirada precipitada de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN, Pakistán ha señalado repetidamente a Kabul como cómplice de la expansión de la insurgencia.
Islamabad acusa al régimen afgano de otorgar refugio tanto al TTP como a otras organizaciones armadas, propiciando una incubadora regional para el extremismo islamista. Kabul, por su parte, niega estas acusaciones y asegura que Afganistán no será usado como base para ataques contra otros países.
Una crisis de confianza entre el Estado y la población
Además del complejo panorama geopolítico y la amenaza armada, persiste una falla crítica que hace más vulnerable a la nación: la desconfianza popular. “La primera línea de defensa es la ciudadanía, y estamos perdiéndola”, sentenció Abdullah Khan.
Los analistas y activistas advierten que la creciente represión estatal, la falta de transparencia y los errores en inteligencia —como el que permitió el ataque al tren en Balochistán— han ampliado la brecha entre las autoridades y la gente común.
“No se trata sólo de balas y bombas. Se trata también de narrativas, de ganarse el corazón de la población”, explica Ibtisam Ilahi, analista de seguridad en Lahore. “Si la gente ve al gobierno como opresor o incompetente, no colaborará con él, y los militantes se aprovechan de ese vacío”, agrega.
El rol del ejército y la estrategia antiterrorista cuestionada
El ejército paquistaní ha sido históricamente un actor preponderante en la política y la seguridad interna. Aunque ha llevado a cabo múltiples operaciones militares en regiones conflictivas —como Zarb-e-Azb en Waziristán del Norte en 2014—, las críticas apuntan a que las estrategias antiterroristas siguen siendo reactivas más que preventivas.
No existen políticas integrales de desradicalización, rehabilitación ni mejora de condiciones sociales en zonas donde el extremismo tiene su caldo de cultivo. Las escuelas religiosas que promueven ideologías radicales siguen funcionando sin regulación efectiva, y los vacíos de gobernabilidad se multiplican.
Una década de violencia: cifras que pintan el panorama
Desde 2014, Pakistán ha fluctuado entre periodos de calma relativa y recaídas violentas. A continuación, un resumen de los ramadanes más relevantes:
Año | Número de ataques | Muertes de fuerzas de seguridad |
---|---|---|
2014 | 34 | 43 |
2016 | 15 | 28 |
2019 | 12 | 18 |
2023 | 26 | 35 |
2024 | 84 | 56 |
La tendencia es clara: nos encontramos ante una espiral ascendente de violencia que exige respuestas profundas e integradas.
Los desafíos adelante
Pakistán enfrenta una dura realidad. A las amenazas armadas se suman la fragilidad política, el descontento popular e incluso tensiones internacionales sobre su rol en la seguridad regional. Para salir de esta encrucijada, expertos sugieren:
- Promover reformas policiales y de inteligencia para anticiparse a los ataques.
- Reforzar la cooperación regional contra el terrorismo, especialmente con Afganistán e Irán.
- Lanzar programas de desradicalización comunitaria que involucren a clérigos, profesores y líderes civiles.
- Fortalecer las instituciones democráticas como antídoto contra autoritarismo y extremismo.
El mes de Ramadán —que para millones representa espiritualidad, reflexión y paz— se ha convertido en Pakistán en un recordatorio de su fragilidad. Y el país deberá actuar pronto si no quiere ver cómo su tejido social y político se deshilacha aún más en medio de la violencia constante.