El conflicto silenciado: Yemen, drones y un nuevo frente de tensión global

Mientras EE. UU. intensifica sus bombardeos y los hutíes derriban drones, Irán observa en la sombra y la región se convierte en un tablero geopolítico cada vez más peligroso

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Una guerra que nunca terminó

En medio de la atención global por conflictos como Ucrania o la guerra en Gaza, Yemen sigue siendo uno de los campos de batalla más volátiles del siglo XXI. En las últimas semanas, el conflicto ha cobrado un nuevo protagonismo, luego de que los rebeldes hutíes afirmaran haber derribado otro dron estadounidense MQ-9 Reaper, mientras la administración Trump ha intensificado una ofensiva aérea sin precedentes que ya ha dejado decenas de muertos.

Desde 2014, cuando los hutíes —un movimiento rebelde chiita alineado ideológicamente con Irán— tomaron control de la capital Saná, Yemen se sumergió en una guerra civil que involucró a potencias regionales e internacionales. La coalición encabezada por Arabia Saudita, respaldada por EE. UU., busca restaurar el gobierno del presidente exiliado Abdrabbuh Mansur Hadi, mientras los hutíes consolidan su poder en el norte del país, especialmente en provincias clave como Saada y Marib.

El derribo del dron: ¿provocación o advertencia?

Según el portavoz militar hutí, Brig. Gen. Yahya Saree, el dron fue abatido en la provincia de Marib mediante un proyectil de fabricación local, aunque fuentes de inteligencia apuntan al uso del misil iraní tipo 358, diseñado especialmente para detectar y atacar aeronaves no tripuladas a baja velocidad.

El MQ-9 Reaper, fabricado por General Atomics y valuado en más de 30 millones de dólares, es un símbolo del poderío militar estadounidense. Capaz de volar a más de 12.000 metros de altitud durante más de 30 horas consecutivas, ha sido un pilar de las operaciones antiterroristas en Medio Oriente, desde Afganistán hasta Irak y Siria. Su uso en Yemen convierte a este país en una pieza estratégica fundamental para la presencia militar estadounidense en la región.

Trump redobla el juego: bombardeos y amenazas

Desde el 15 de marzo, una renovada campaña de bombardeos liderada por Estados Unidos ha sacudido múltiples zonas controladas por los hutíes, incluyendo la capital Saná y los bastiones de Saada. En su red Truth Social, el expresidente Donald Trump lanzó severas advertencias:

"Les golpeamos día y noche — cada vez más fuerte. Sus capacidades para amenazar el transporte marítimo y la región están siendo destruidas rápidamente. Nuestros ataques continuarán hasta que no representen ninguna amenaza para la libertad de navegación."

Y fue más allá: “Elijan: dejen de disparar a nuestros barcos o seguiremos y el verdadero dolor apenas comenzará, para los hutíes y para sus patrocinadores en Irán.”

Irán, en la sombra, pero presente

Aunque Irán niega proporcionar armamento a los hutíes, multitud de reportes de inteligencia y confiscaciones navales de armas en ruta a Yemen apuntan a una red logística sofisticada entre Teherán y Saná. El misil 358, identificado en múltiples ocasiones en suelo yemení, forma parte del repertorio de armas iraníes presentes en otros conflictos donde actúan milicias aliadas, como en Siria y el Líbano (Hezbolá).

Para EE. UU., el apoyo de Irán a los hutíes se enmarca dentro de una estrategia de “guerra asimétrica” donde Teherán, mediante fuerzas delegadas, busca debilitar la influencia de Washington y sus aliados suníes sin entrar en una confrontación directa.

El costo humano de una ofensiva intensificada

Según reportes hutíes, los ataques estadounidenses desde marzo han dejado al menos 61 muertos, entre civiles y combatientes. A diferencia de los ataques ejecutados bajo la administración de Joe Biden, centrados principalmente en anular infraestructuras militares, la actual ofensiva ha enfocado sus esfuerzos también en eliminar personal de alto rango de los hutíes y en áreas urbanas densamente pobladas.

La intensificación coincide con las amenazas hutíes de atacar barcos “israelíes” como represalia al bloqueo de ayuda humanitaria hacia Gaza. No obstante, el término “barcos israelíes” ha sido ambiguamente definido por los rebeldes, lo cual ha paralizado rutas comerciales clave en el Mar Rojo y aumentado el riesgo de incidentes con embarcaciones de terceros países.

Un bloqueo marítimo con consecuencias globales

Desde noviembre de 2023 hasta enero de 2024, los hutíes ejecutaron más de 100 ataques contra barcos mercantes en el Mar Rojo. Dos de esas embarcaciones fueron hundidas y cuatro marinos perdieron la vida. Aunque ninguna nave militar estadounidense ha sido alcanzada, el impacto geopolítico ha sido notable.

Merced a su acción naval, los hutíes han multiplicado su visibilidad mediática y ganado influencia regional, a pesar del creciente aislamiento interno, la represión de disidentes y el colapso económico que azota las zonas bajo su control.

¿Una prueba para la navegación global?

El Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb son vías cruciales para el comercio global. Casi el 10% del comercio marítimo mundial y más del 5% de las exportaciones globales de petróleo pasan por ahí, según la Agencia Internacional de Energía (IEA). La continua interrupción de este tránsito pone en riesgo la cadena de suministros global, incita a aseguradoras a subir tarifas y podría presionar los ya sensibles precios del crudo y derivados.

China, Rusia y un nuevo tablero de ajedrez

Mientras la administración Trump lanza advertencias, Beijing y Moscú observan la situación con cautela. China, que mantiene relaciones diplomáticas y comerciales tanto con Irán como con Arabia Saudita, ha evitado posicionarse abiertamente, apostando por una neutralidad estratégica que le garantice ventajas en ambos frentes.

Por su parte, Rusia ha mostrado interés en extender su influencia en Yemen a través de acuerdos económicos con el Consejo de Transición del Sur —grupo separatista aliado de Emiratos Árabes Unidos— al tiempo que continúa fortaleciendo sus relaciones militares con Teherán.

Una guerra olvidada, pero fundamental

Yemen no solo representa una crisis humanitaria de escala colosal —más del 70% de su población depende de ayuda externa, según la ONU— sino también un microcosmos de las luchas geopolíticas del siglo XXI. Es en Yemen donde se cruzan el expansionismo iraní, la hegemonía naval estadounidense, el ascenso diplomático de China y la desesperación de millones atrapados en una guerra sin final a la vista.

El último derribo del dron MQ-9 Reaper no es simplemente un acto ofensivo. Es un mensaje contundente de los hutíes, una provocación estudiada, y una señal de que el conflicto yemení sabe cómo usar la tecnología del siglo XXI para seguir siendo relevante en un planeta que, pese a todo, aún lo ignora.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press